miércoles, 2 de noviembre de 2011

La historia de la niña que creció sin hacerse mayor


Cuando Cristina llegó sus hermanos eran demasiado “mayores” para jugar con ella, eso le sirvió para crearse un maravilloso mundo de fantasía al que nadie, sin su permiso, podía acceder. Pasaba horas y horas jugando, con sus muñecos o sin ellos, pintando, cantando, bailando…, soñando. Cristina tenía la capacidad de entenderlo todo, por lo menos, todo lo que ella consideraba importante, lo único que nunca llegaba a comprender era el motivo por el que a los mayores les gustaba complicarse la vida. Siempre estaban ocupados, tenían cosas tan urgentes por hacer que el ser felices pasaba a un segundo plano. Y ella, por el contrario, disfrutaba simplificándolo todo, sin perder esa magia que solo tiene la mirada de la niñez. Siempre pensó que no había nada más importante que un abrazo antes de dormir o una sonrisa al despertarse, y eso lo tenía…, ¿para qué preocuparse por nada más?
El tiempo, como siempre, hizo su trabajo, poco a poco fue pasando y Cristina, inevitablemente, fue creciendo, pero guardaba un secreto; entre sus cosas de la infancia había una carpeta con algunos de sus dibujos de aquella época, y allí, entre corazones, flores y caras sonrientes de todos los colores, escondía el dibujo del que nunca dejó de ser el elefante que se comió la boa, porque sí, Cristina creció, pero no vio “sombreros”, no encontró nada más importante que los abrazos y las sonrisas… o, simplemente, no quiso encontrar razones para dejar de ser feliz.